Quizá sea por que no hay mucho que contar o, a lo mejor, sea lo contrario...
Igualmente, nada que os afecte directamente, supongo. ¿Qué más os da lo que piense, haga o sienta?
De hecho, esta entrada ha surgido por el simple hecho de haber mirado el blog; si no, ninguna de estas palabras hubiera sido escrita.
Pero esta visita mañanera a lo que un día fue un intento de blog, me ha servido para reflexionar sobre mi último año y medio.
¿Por qué un vacío tan monumental en un lugar tan personal como mi blog? ¿Acaso es que no ha sucedido nada importante? ¿Es que no hay nada a lo que merezca la pena echarle unos minutos?
Siento que esas preguntas no tienen ningún sentido para mí. Ahora mismo estoy pasando por la mejor etapa de mi, aún corta, vida. Estoy tranquila, alegre, en armonía, radiante, con ganas de vivir y perspectivas de futuro. Tengo amigos, la mejor familia del mundo (aunque a vosotros os parezca mejor la vuestra), y al chico más increíble que haya conocido nunca como cómplice y compañero.
¿¡Cómo que no hay nada que contar!? ¡Claro que lo hay! Mi vida actualmente va a aventura diaria; sin embargo, no escribo. Estoy en ese punto en el que parece que no es nada y, en realidad, lo es todo.
Quizá sea verdad que, al contrario que cuando estamos tristes, no sentimos la necesidad de mostrarle al mundo lo afortunados que somos o, a lo mejor, ya nos da igual quién lea nuestras simples y vacías palabras.
Porque, cuando somos felices, felices de verdad, nos da igual lo que otras personas puedan saber u opinar. Y, lo aún más fascinante, aunque nuestro propósito no sea mostrar al mundo nuestra dicha, el mundo ya se da por enterado. Porque los sentimientos, aunque no queden grabados para la posteridad,vuelan y llegan hasta al recoveco más escondido. Y es que, como ya deberíais saber, los entes más poderosos son aquellos capaces de volar.
