Ahora me doy cuenta de que mis problemas no son mayores que los de las personas a las que más quiero y me siento mal por ello. He olvidado y, por ello, despreciado aquellos a los que de verdad les importo y, claro está, los que verdaderamente me importan a mí. Mi primera reacción ante ésto es pedir perdón pero, conociéndoos, sé que me diréis que no tengo por qué disculparme.
Bien, no pediré perdón, pero hay otra cosa que sí que debo hacer. Tengo que daros las gracias.

Gracias, por estar ahí; gracias, por apoyarme; gracias, por aguantarme; gracias, por escucharme;
gracias, por no tenerme en cuenta mis idas y venidas; gracias, por ser como sois.Simplemente: GRACIAS POR EXISTIR.
Ellos saben quienes son y no hace falta ni que lean esto (es más, sé que algunos no lo harán). Pero no cabe ninguna duda de que son tremendamente especiales para mí. Aunque, ahora que lo pienso, no está de más decírselo de vez en cuando. Muchas veces, creyéndolo redundante, no se
lo recuerdo, ¡es tan obvio! Pues no, no está de más. Os lo debería de decir todos los días en cada ocasión que tenga, os lo debo demostrar a cada instante que se presente la oportunidad. Y, sobre todo, se lo debo recordar a mi familia. Siento ser tan distante en ocasiones, pero os aseguro que no hay nada que me importe más que vosotros. Os quiero.
que he montado en una de ellas me hace sonreír. Esas subidas lentas e interminables, en la que deseas que llegue el momento de bajar, ¡y cuanto antes mejor! ¿Para qué? Para volver a subir. Y no quieres que eso termine nunca.