Cuando a un coleccionista de sellos se le cae una taza de café encima de uno de sus preciados álbumes siente que el trabajo de años no ha servido para nada y, posiblemente, no vuelva a tomar café. Cuando una persona consigue orgullosa finalizar una complicada maqueta y ve cómo el vecino llega y, con un torpe manotazo, la destruye, esa persona se hunde y, posiblemente, se mude. Cuando un escritor finaliza la que él cree que es su mejor obra y resulta criticada por todos los medios, ese escritor se deprime y, posiblemente, se jubile.
Sí, esos son solo ejemplos de personas de las cuales, su felicidad no depende de ellas mismas, sino de otras cosas. Y podéis pensar, a ver, son objetos, tampoco es para tanto. Ya, pero no es precisamente ahí dónde quería llegar: me refiero a que, a veces, la felicidad propia no depende de uno mismo. ¿Y qué pasa cuando la felicidad de una persona no depende de algo sino de otro alguien?
Ése es mi punto de partida. Si alguien depende de algo, ese algo no es más que un objeto, un acontecimiento o un hecho con cierto valor personal. Si se depende de otra persona las cosas cambian, no es tan fácil dejarlo pasar. Cuando ves que esa persona está mal y no sabes lo que le pasa entras en un estado de confusión. Cuando ves que esa persona va a peor y ni ella misma sabe lo que le pasa empiezas a sentir dolor. Cuando ves que esa persona ha dejado de sonreír y se muestra en un estado de pesimismo total hacia un futuro, comienzas a sufrir. Cuando intentas ayudarle por todos los medios y ves que no obtienes resultados entras en un estado de impotencia total. Simplemente, cuando ves que se hunde te hundes con él por el simple hecho de que no mejora y no puedes hacer nada por evitarlo.
Si tu felicidad depende de la felicidad de otra persona, no puedes cambiar eso tan fácilmente. No puedes decir: "¡Ea, como está triste voy a buscarme otra cosa que me haga feliz!". En tal caso, serías un hipócrita y no querrías a esa persona de verdad. Porque tampoco es tan fácil depender de la felicidad de una persona, para eso hay que quererla, quererla mucho y en el más difícil de los casos, amarla.
Amar a alguien y ser correspondido es lo más bonito y gratificante que puede pasarte en la vida. Pero si uno está mal, el otro también, no hay manera de evitarlo. Y aunque el otro intente ser fuerte y dar ánimos y aportar el optimismo necesario en la pareja, si el primero no reacciona, el segundo se hunde con él. Es como la pescadilla que se muerde la cola. Un círculo vicioso en el que si los dos no ponen de su parte, se es incapaz de salir del hoyo.
Aunque si algo sé es una cosa. Y es que no pienso dejar que nuestra torre se derrumbe, y aunque parezca que no puedo hacer nada por evitarlo, sacaré fuerzas de donde sea. Esto lo vamos a pasar, lo prometo. Te lo prometo.